No sé en qué momento de la vida me topé con "El Fantasma de la Ópera", cuándo me enteré de ella, en qué fecha vi por vez primera la película y tampoco cuándo me fascinaron los temas auditivos, porque más allá de la historia lo que me conquistó fueton las notas musicales creadas por Andrew Lloyd Webber.
Así es, por fin fui al Teatro de los Insurgentes a ver la historia de una misteriosa figura enmascarada que acecha bajo la Ópera de París, ejerciendo un reinado de terror sobre quienes la habitan, se enamora de una joven soprano y se dedica a cultivar sus talentos, empleando todos los métodos tortuosos a su alcance.
No sé por qué dejé pasar tantos meses para poder verla, disfrutarla de principio a fin, pero sobre todo escuchar y sentir por toda mi piel las notas de cada una de las melodías que habitan desde la tercera llamada hasta ver qué pasa con este ser, no tiene comparación.
Ya conocía, obviamente, los temas que se iban a tocar, pero la música en vivo y las voces del reparto me dejaron mudo. En verdad, qué potencia tienen para haberme movido varias fibras. Es una forma increíble de contar una historia que per se no me entusiasma tanto, pero lo que vi en el escenario hace mucho no lo percibía.
Si con decirles que "Piensa en mí" es uno de mis temas favoritos del teatro musical, si no es que el más, aquí, lo disfruté como nadie, quizás, en el recinto, tal vez sólo venía para escuchar esos minutos que me hicieron volar y ponerme la piel chinita. ¡Aplausos para Lina de la Peña!
Y no quiero ser injusto porque si bien ella me dejó impresionado, todo el cast está al nivel del recinto que resguarda esta historia, siento que cada uno de los intérpretes brilla por momentos, tiene su espacio y momento, sin dejar a un lado, claro, a Edward Salles, quien muestra a un ser mucho más humano, un casi hombre que lucha contra el dolor interno.
Y créanme, no es engrandecer sólo porque sí, simplemente honor a quien honor merece y la obra mereció toda la pena haber esperado tantos meses para poder disfrutarla y saborear cada momento de la obra, y ni decir del final del primer acto; el candelabro, ese momento que mucho se ha comentado y está lleno, por segundos, de impacto, exactitud y potencia.
Contadas son las obras que poseen música en vivo y eso es de aprovecharse, al igual que la conjunción de varios momentos extraordinarios recreados con una coreografía exacta, el uso del aparato escénico y siluetas que se hacen gracias a la acertado diseño de iluminación.
Si bien el edificio teatral es un recurso por más interesante ya que se aprecia en su totalidad, desde el frente del escenario, junto con sus palcos y un techo celestial, hasta el tras bambalinas gracias a un mecanismo que hace girar y girar; en contadas ocasiones, me llegó a cansar.
Lo que sí odié, no de la obra, sino del Teatro de los Insurgentes fueron tres aspectos: que vendan palomitas o botanita con ese papel que hace ruido asqueroso, en verdad, se ve que quieren sacar más dinero, pero saben que es una falta de respeto tanto para los actores como para quienes estamos a lado de alguien comiendo. En verdad, no puedo con eso.
Los escalones dentro de la sala están rarísimos, todos (o los varios que yo pisé) desiguales, algunos hundidos, qué horror; y a pesar que aplaudo la remodelación, extraño las placas de las obras que han estado ahí, eran una joya disfrutarlas cada vez que iba, disfrutaba (re) descubrir quiénes habían estado ahí.

